Ella es madre, y como en muchos casos, el evento fisiológico del parto dejó secuelas anatómicas que, aunque no tan perceptibles a simple vista, afectaban su calidad de vida.

Durante los últimos años, comenzó a experimentar síntomas incómodos: sensación de peso pélvico, dificultad para evacuar y una percepción constante de “algo que aparecía” en su vagina. Acudió finalmente a consulta, donde se diagnosticó un prolapso del compartimento posterior, es decir, un rectocele, evidente al examen físico, con un introito vaginal entreabierto y una cicatriz de episiotomía claramente visible.

El objetivo de la intervención fue entonces doble: reparar el defecto anatómico que comprometía el recto y la pared vaginal posterior, y al mismo tiempo, brindar un resultado estético que le devolviera confianza y bienestar.

La cirugía consistió en una colporrafia posterior con perineoplastia, respetando la anatomía y estética vulvar. Se trabajó también en la revisión y remodelación de la cicatriz de la episiotomía, buscando armonizar forma y función.